Tuesday, March 22, 2011

El Angelus-The Angelus, 1857–59. Musée d'Orsay, Paris.

Jean-François Millet


El Ángelus de Jean-François Millet

Por: Richard Ceballos


El sonido de la campana la trajo abruptamente a la realidad. Sus ojos estaban posados en la torre de la iglesia que se levantaba solemne en el horizonte mientras la luz de la mañana, apenas empezaba a darle vida al pequeño cuarto. Sentada frente a la ventana, con las manos puestas sobre su regazo, la campesina susurró la corta oración que daba la bienvenida a un nuevo amanecer. Bajo sus ojos, sus pronunciadas ojeras evidenciaban una noche de poco sueño. Su cabello recogido, estaba cubierto con un paño rojo,  desgastado por el uso durante las horas de labor bajo el sol.

A su lado, una cama sencilla con mantas blancas impecables, cuidadosamente tendida desde la noche anterior, pero sin señales de uso.
En el nochero, una minúscula vela encendida le hacía guardia al  retrato de una mujer  que carga un niño en sus brazos. En la esquina derecha de la habitación, una cuna de madera permanecía inmóvil, como congelada en el tiempo. Sus herramientas de trabajo estaban allí también; ella prefería conservarlas cerca, para evitar que le fueran  arrebatadas.

Escuchó el piso de madera crujiendo ante  unas pisadas firmes y entonces supo que su visita había llegado. Después de tres toques en la puerta, la perilla se movió y vio a su esposo que entraba con una persona muy elegante, de rasgos toscos pero con muy buenos modales; en su mano llevaba un maletín de cuero que, a juzgar por el sonido que emitía al moverlo, contenía objetos metálicos y quizá algunas botellas de vidrio.

Su rostro se volvió hacía la vista de la iglesia que ya había cesado  sonido alguno. El hombre elegante la miró detenidamente sin  ningún  gesto. Descargó el maletín en la cama y le lanzó una mirada fija al esposo, que esperaba atento, cualquier comentario o reacción. Él asintió y salió de la habitación no sin antes contemplar la imagen silenciosa de su esposa mirando por la ventana.

El campesino se sentó frente a la puerta, puso el sombrero en el perchero y se echó para atrás por un momento visualizando el techo de madera. Pensó en la cosecha que tenía que recoger y supuso que le tomaría mucho más tiempo recolectarla ahora que su esposa estaba tan afligida, él no sabía qué hacer o decir. Lo único que se le ocurría era continuar con el trabajo. Aun así,  se imaginó lo difícil que sería para ambos  regresar a la normalidad luego de tan difícil trance. Fue a la cocina y sacó una botella de ron que le habían regalado en el pueblo para felicitarlo por la buena cosecha del año pasado, y a pesar de saber que era aún muy temprano, se sirvió un vaso  y regresó a su silla a seguir esperando.

Luego de un par de horas se abrió la puerta. Ella salió con  las herramientas en la mano y se fue directo hacía la parcela que ambos cuidaban. El campesino no moduló palabra. Estaba sorprendido ante la muestra de entereza de su esposa. Así que él también se levantó para tomar sus herramientas, arrinconadas hacía unos días bajo las escaleras que conectaban la sala con la planta alta de la casa. Allí estaba la habitación donde él había permanecido desde hacía ya una semana cuando las discusiones se hicieron más frecuentes y la salud del niño comenzó a flaquear. Dormir en ese lugar tan lleno de polvo no le agradaba en lo absoluto, pero no quería seguir teniendo disputas y además, esa era la mejor manera de mantenerse alejado para no ver sufrir a su familia.

El hombre elegante salió en silencio de la habitación y el campesino lo miró  en espera de una señal de aprobación. Su cara estaba cubierta de sudor y sus facciones estaban un poco demacradas: su nariz era larga y gruesa, sus ojos negros y minúsculos no permitían percibir ningún tipo de emoción en su mirada y el pelo enmarañado acentuaba su aspecto descuidado y bucólico. Vestía una camisa blanca  sucia y sobre ella llevaba un roído chaleco café. Sus pantalones azules y sus zapatos llenos de tierra seca mostraban un avanzado desgaste. Abrió la puerta y acompañó el hombre afuera, dando un suspiro de alivio al ver a su esposa preparándose para el trabajo.

Mientras buscaba la carreta, ella pudo ver a su esposo intercambiando algunas palabras con el hombre del maletín de cuero. No prestó mucha atención y más bien continuó buscando el canasto para recolectar las papas de la cosecha. Al ver el canasto,  se detuvo por un momento para detallarlo y una vaga melancolía se apoderó de su ser, como si un extraño viento la hubiese  golpeado sin avisar. Con lentitud lo levantó y volvió a la parcela haciendo un esfuerzo por esfumar los tumultuosos recuerdos en su mente.

El día era claro y brillante. La luz del sol iluminaba los frutos que reposaban en la carreta. Los dos esposos, cumplían su labor con precisión. Sus manos callosas repetían incesantes el rito de recolección, mientras de sus frentes, las finas gotas de sudor caían sobre la tierra a la par con cada movimiento del rastrillo.

Ella regresó a la casa para refrescarse. Se sentó en la silla donde antes había estado su esposo y miró el techo de madera. Fue a la cocina y tomó un poco de agua. Luego, al pararse frente al marco de la puerta, escuchó desde lo lejos  la primera campanada del medio día. Su cuerpo se sobrecogió y prefirió entrar de nuevo a sentarse; respiró profundamente y  de un solo trago se tomó el agua que quedaba en el vaso.

Él entró en silencio, agarró otra silla y se dispuso a acompañarla. Ambos empezaron a murmurar la oración y al escuchar la última campanada se incorporaron para seguir con su labor, que debido al retraso producido por la visita, no llegaba siquiera a la mitad.

Los ojos del campesino difícilmente se encontraban con los de ella durante el trabajo. La naturaleza de su tarea los ocupaba plenamente y además, por causa de lo ocurrido, no había mucha intención de diálogo entre ambos. Sin embargo, él se tomó un momento para observarla: su largo vestido escondía por completo su figura, las mangas rojas protegían sus brazos del sol y el delantal curtido protegía sus rodillas del áspero terreno. Su rostro pálido y delgado se veía más agotado que de costumbre y su mirada era distante y vacía como su vientre que alguna vez estuvo tan lleno de vida.  Además, su cabello cubierto por el paño rojo, la enmarcaba en un cuadro de adultez prematura. Quizá ella le guardaba algún tipo de rencor, pensó él y se sintió culpable por no haber sido paciente y dejarla vivir tan poco tiempo en su hogar antes de instarla  a llevar una vida fuera de su casa y asumir una responsabilidad para la cual no estaba lista todavía.

Al preparar el almuerzo, ella recordó que solo tenía que cocinar para dos. Ese pensamiento la hizo sentir más frágil, casi vacía. Prefería estar pendiente del pequeño. Sus brazos anhelaban el cálido cuerpo de la criatura y sus labios querían pronunciar las canciones de cuna que aprendió de su madre, una mujer llena de energía y cariño quien le enseñó a valorar el trabajo y la responsabilidad con la familia.

Mientras comía, recordaba su vida en casa con sus padres. Las mañanas de viajes con su padre y las noches en que su madre la arrullaba con historias y los momentos de oración juntos le despertaban esa vaga añoranza de un instante de paz. Su esposo siempre le pareció un hombre altivo. Desde que había empezado toda su desgracia, pareció alejarse más de ella. Cada uno asumió el hecho como pudo, y a pesar de estar frente a él en la mesa, comiendo los frutos del trabajo de ambos, no parecían estar conectados nada más que por su infortunio y desesperanza.

Lo que más disfrutaba el campesino de su trabajo eran los olores que traía el viento desde la llanura. La vida del campo le parecía muy gratificante y sentía que no había otra actividad que le produjera tanto placer como trabajar con la tierra. De hecho, desde que se había casado, su ímpetu por el trabajo aumentó. La idea de darle a su familia una vida digna se volvió su obsesión, pero desde la última semana se venía preguntando si todo ese esfuerzo no sería en vano, y si después de todo por lo que habían atravesado, tendría  de nuevo un momento de alegría junto a su esposa que ya ni le dirigía la palabra durante la jornada. Al terminar ambos dieron las gracias en voz baja y salieron de nuevo al campo, a recoger los últimos frutos que la tierra tenía para ofrecerles.

Al escuchar el primer campanazo se rompió el silencio sepulcral en la llanura. Él dejó de rasgar el terreno y clavó su rastrillo con firmeza en el suelo. Cerró los ojos, se quitó el sombrero y agachó la cabeza.   Su figura estática irradiaba un aire de tranquilidad, un sentimiento de plena gratitud con la tierra. Y muy a pesar de sus penas, el campesino sostuvo entre sus manos el sombrero en signo de plegaria.

Desde el este, unas aves volaban juntas en dirección a la puesta del sol. Sus graznidos se entrelazaban con los campanazos que provenían de la distante iglesia para crear una majestuosa melodía que colmó el lugar. Después de un momento, ella emuló el movimiento parsimonioso de su esposo y cruzó sus manos frente a su pecho mientras susurraba una oración que  conocía desde niña. Miró su canasto y no pudo contener las lágrimas que, a pesar de ser la expresión de su congoja, bendijeron la tierra que sería sustento y destino de sus agotados cuerpos, doblegados por la soledad fruto de una inmensa lejanía

El cielo se encendía con suaves pinceladas de ocaso. Al pasar una nube, los últimos rayos del sol se posaron sobre la carreta y se pudo entrever la abundante cosecha que había dejado el trabajo del día. Y ni siquiera el sonido de las alas de un insecto hubiera podido romper la quietud de ese momento tan sublime donde solo existía un sentimiento de reverencia que embargaba por completo sus almas.

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