Thursday, March 31, 2011

Eclipse sobre la arena

Eclipse sobre la arena


Pude defenderme. Quitarme algunas de las espinas y recorrer a pie el trayecto que me separaba del lugar donde encontré mi muerte. El sol se ocultó entre las sombras y el viento de la llanura trajo el llanto de un bebe que abría sus ojos a la vida; inocente de toda causa, sano de cualquier forma de locura. Fueron los hombres quienes me contemplaron sufrir y no hicieron nada. Probablemente, yo tampoco clamé por ayuda o mis plegarias no fueron lo suficiente sutiles para penetrar sus conciencias. Me desvanecí allí, mojando la tierra con lágrimas secas y desdibujando ilusiones mientras se me escapaba la chispa de vivir. No odié a nadie. De seguro, el recuerdo de mi último suspiro se encargará como hierro caliente, de marcar en sus mentes la perfidia de la que fueron cómplices. Mientras se desvanecían los sueños, vi caminando hacía mi una vieja mujer que, bastón en mano, daba pasos tambaleante. Facciones como dunas, el entrecejo fruncido, labios apretados y ojos opacos. Todo su cuerpo estaba cubierto de una manta blanca, como si una tenue luz rodeara su cuerpo. Se acercó como silbando una canción, pero mi delirio no me permitió identificarla. Cientos de ojos se posaron sobre ella mientras reptaba serena hacia mi lecho de muerte. Me golpeó con su bastón y dijo: “Basta de juegos, ¡levántate! El ocaso se adelanta apremiante y tu ahí extendido.” Pensé que eso era lo único que me faltaba: que una pieza del rompecabezas del destino fuera a venir a encajar en un momento tan concurrido por fuego, arena y sangre. Sonreí un poco, para mostrarle mi ironía y ella de inmediato me dio la espalda con evidente desgano. “Lo más patético en ti, es de por sí tu propio encierro. Te encuentras con el mundo y te arrodillas de miedo. Tu búsqueda es en vano. Deja ya el absurdo recuerdo de la flor marchita. En el sendero del placer, recuperaras tu cordura”. No supe que decir cuando la vi alejarse con premura. Mi cuerpo maltrecho se fue incorporando como impulsado por una fuerza etérea que pululaba en el ambiente. Escuché un grito, pero me sentía muy cansado para girar la cabeza. Salvé mi sombrero del polvo, y de mi pecho limpié la sangre con el pañuelo que siempre llevaba en el bolsillo izquierdo de una camisa hecha jirones. Mire a los hombres y les dije: Somos espantos, simples recuerdos de pasiones consumadas y momentos de melancolía. No se quejen cuando en la noche, las flores no murmuren sus nombres y yo me encuentre cruzando el desierto.” Nadie replicó. Sus ojos estaban aguados y de sus voces solo se escuchaban blasfemias incoherentes. Caminé arrastrando mi pierna, con un aire renovado; libre del sin sabor que deja el trago amargo y con ímpetu de aventura. Pero los hombres fueron sabios y antes de partir me dijeron: “Eres hombre como nosotros, pero te empeñas en adornar tu cuerpo con guirnaldas de cobre. Te embelesas con el futuro cuando has acabado adrede con tu honor y honra. Deja que seamos nosotros, los hombres, quienes te enterremos en éste suelo de fieras y zozobra.” Pero como buen hombre les dije: “ ¡Olvídenlo!  ya no queda nada nuevo bajo mi piel. Sus esperanzas son la cadena que no quiero echarme al cuello. Moriré en el camino esperando el colapso del tiempo y juraré por la tierra, que a pesar de todo, ustedes fueron mi pilar y sustento.”

Eclipse de arena

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