Tuesday, November 30, 2010

La magia callejera del artesano de madera

Foto: EDUARDO SENTCHORDI
La primera vez que lo escuché hablar pensé que fingía su acento: entre su español afrancesado, intuía yo, una oscura necesidad de venderme algo, afortunadamente me equivoqué. Cuando le hablas a este personaje, parece estar inmerso en otro mundo: sus manos doblan pequeños trozos de metal que convierte en simétricas figuras para luego acompañar sus diseños originales, los cuales lucirá alguna modelo anónima.

Bajo la sombra de un árbol, al lado de la portería de Barranquilla, de la Universidad de Antioquia, en el Centro de Medellín, Christopher trata de hacer unos pesos con sus artesanías, las cuales diseña inspirado por la música, el arte o simplemente sus vivencias.

De padre colombiano y madre francesa, este artesano mochilero ha viajado por Latinoamérica llenándose de conocimiento y compartiendo su arte con las almas que se ha encontrado en su camino.

¿Qué lo motivó a ser un artesano?
“Me gusta este trabajo porque en él puedo plasmar lo que pienso del mundo. Tallar la madera es un ejercicio de tiempo y dedicación y, por eso, me entrego de lleno a la creación de estos diseños”.

¿Por qué llegaste a Colombia?
“Salí de Quebec (Canadá) con la intención de conocer otras culturas. Creo que esa es la única manera de comprender la sociedad y refinar mi técnica como artesano”.

¿Qué hacías cuando vivías allí?
“Estudié cuatro carreras para convertirme en esto que soy hoy: primero me encaminé por la orfebrería y aprendí el manejo de los metales, sus texturas, su manejo y transformación. Luego estudié los hilos y la confección, la cual, a mi modo de ver, creo que es mi fuerte, porque me proporcionó una estética del diseño que trato de poner en mis trabajos. Además, la música, en su forma, tiene colores y ondas que viajan Así que la música es un buen punto de partida para empezar a diseñar cosas. Sé tocar el bajo y tengo nociones sobre montaje de audio y control máster. Llegué al uso del oleo y la acuarela y me interesé por el arte para desembocar en el tallado de la madera, al cual le dediqué un par de años y en el que descubrí los diferentes materiales para crear artesanías y accesorios.

Y no miente en esto. Sus diseños tienen acabados muy finos que contrastan con figuras simétricas y brillos que proporciona la laca y la cera. En algunos casos, también las figuras psicodélicas invitan al ojo a un viaje por el universo de la forma y el color.

¿Cuándo llegaste a Colombia, a dónde llegaste?
“Llegué a Bogotá y conocí a muchas personas allí que me han enseñado muchas cosas, entre ellas mi amor por la magia y el circo callejero. Por eso, viajaré a Caracas para asistir a un congreso donde se reunirán cirqueros de todo Latinoamérica, por eso estoy tratando de vender lo que más pueda durante ésta semana
¿Cómo es eso de la magia?
(Saca una baraja de cartas desgastadas y nos ofrece a mí y a una curiosa que también se interesó por sus diseños):
“Les haré un truco de magia... Barajen las cartas, escojan una carta y no me digan -escogemos una carta y el empieza a mirar la baraja con cautela, luego pone una carta en mi bolsillo y, al tratar de poner otra en el bolso de la joven, ella dice que tiene que irse y la saca revelando que en efecto, no era la carta que habíamos escogido, como tampoco la de mi bolsillo. Omito ese momento de incomodidad logística y prosigo-.

¿Te quedarás mucho en Colombia?
“No lo creo, luego de estar aquí en Medellín voy para Venezuela a un congreso de artistas callejeros: malabaristas, magos, mimos, teatreros. No soy muy bueno en la magia, mi amigo sí lo es; apenas estoy aprendiendo pero lo disfruto bastante”.

Un sombrero negro con una reina de corazones en un costado adorna la cabeza de un personaje pequeño que entra a la escena. Su aspecto infantil y juguetón me hace acordar de los duendes de los cuentos de hadas. Su dirige a Christopher con mucha naturalidad: “ajústame tres mil pesos para otra baraja de cartas; allí en una tienda vi que venden la Royal. La compro y la partimos para los dos”, le dice.  

Christopher duda por un momento, mientras analiza su presupuesto. “No men, tengo que pagar el arriendo y la comida de hoy por la noche. Además, estas cartas nos duran otro rato. Apenas se acaben, hacemos otro sombrero con ellas”. El duendecito asiente y se va a ofrecerle un truco a una pareja que pasaba por la acera.

¿Conoces mucha gente aquí?
“No mucha. Por ejemplo, este man me enseño los trucos de magia y a hacer malabares en la calle. Lo conocí en Bogotá en una organización que se llama “Circolombia” donde además hay magos hay zanqueros, malabaristas, clavistas, cuenteros, comparsas. Yo a ellos les enseñé lo que sabía sobre el teatro y la puesta en escena y ellos me enseñaron a hacer magia y algunos malabares”.

De nuevo, el duendecillo se cola en la conversación para hablar de los principios de “Circolombia”: “al principio éramos unos manes que andábamos retacando por ahí con nuestra magia y títeres hechos con alambre y filigrana. Después fuimos haciendo malabares y después se nos pegaron unos zanqueros de Mosquera (Cundinamarca). En Funza, al lado de Mosquera empezamos a trabajar y la alcaldía nos fue contratando para hacer presentaciones en los festivales de Arte y Cultura, con ambientación y forma callejera y teatro de calle”.

Al verlos juntos, pienso que son seres míticos, salidos de algún cuento. Con historias de vivencias callejeras plasmadas en el trabajo artesanal y la magia que imparten a los transeúntes que, agradecidos, sonríen y participan del juego. “Eso es lo que busco -dice Christhoper- mientras cae la tarde -que la gente se sienta alegre con lo que hago y que se lleven la buena energía de mi trabajo”.

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